5 de abril de 2017

La magia del silencio

No lo digo pero lo siento. Y tú lo notas. Me miras con cara de yo también. Después de cada abrazo. Y yo sigo sin entender porqué lo que no se dice tiene más valor. Eso que no se dice, pero se ve. O mejor dicho, se siente. No hace falta pronunciar palabra. Solo tener intuición y sentir. Sentir hasta con los ojos cerrados. Sentir un te he echado de menos. Te quiero, pero me cuesta pronunciarlo. Por ti daría mi vida. Tú eres mi vida. Mi vida eres tú. Tú eres culpable de mis sonrisas. Mis sonrisas te las dedico todas. Todas las noches pienso en ti. Y todo eso nunca se dice, por no parecer demasiado blandos, demasiado sensibles para un mundo hecho para valientes. Valientes, que son cobardes disfrazados de una valentía que no les corresponde. Porque sí, la valentía nos queda grande. Y solo somos los cobardes, que no afrontan la realidad. La que verdad sentimos, esa que no decimos. Esa que frena el miedo. La verdad que va en el lenguaje corporal, esa que no podemos ocultar porque no hemos aprendido a controlarla. La verdad de que las miradas hablan, de que los gestos hablan, de que los tics hablan, de que los corazones hablan. Y esa es la verdad. Que somos unos cobardes, que no nos atrevemos a hablar de nosotros, de como nos sentimos, de lo que pensamos de verdad. Y miramos gritando en nuestro interior todo aquello que no nos atrevemos a decir. Y por eso podemos sentir en silencio. 

En el silencio también se escucha, y sobre todo se siente. 

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